La crisis económica y financiera que padecemos se ha transformado en una grave crisis política e institucional a consecuencia del triunfo de la ideología neoliberal que, al anteponer la ley de los mercados y los intereses financieros a los derechos de los trabajadores, y de los ciudadanos ha generado el descrédito de la política y de los políticos y el desprestigio de todas las instituciones, ya que, según los neoliberales no es el Estado sino los mercados quienes pueden garantizar la libertad y el bienestar de los individuos.
Es verdad que esa función del mercado, como garantía de libertad, fue válida tras la ruptura de un modelo político y social provocado por la revolución francesa y americana. Tras esas revoluciones surge un modelo de sociedad que había derribado una monarquía absoluta, eliminado los privilegios de la aristocracia, abolido la servidumbre, se asentaba en el principio de que la soberanía reside en el pueblo soberano y consagraban la igualdad de todos los ciudadanos. Era esa igualdad la que permitía a los ciudadanos libres acudir al mercado como espacio de libertad y democracia con total independencia del soberano y de los señores que antes eran los dueños de su voluntad. El mercado iguala y libera, todos acuden a él en igualdad de condiciones para negociar sus intercambios comerciales. Es en ese contexto posrevolucionario y precapitalista, donde todos se sienten igualmente libres, donde tienen sentido esos conceptos de mercado y de libertad; pero estos conceptos no son extrapolables al contexto histórico actual.
El mercado capitalista no es un espacio físico al que los ciudadanos acuden a intercambiar sus productos, sino un concepto abstracto, donde individuos anónimos y sin rostro buscan satisfacer intereses individuales contrapuestos, que son los intereses del capital y no los de los ciudadanos. Además destruye los vínculos sociales entre los ciudadanos y los convierte en meros consumidores, y donde la libre competencia transforma el espacio social en un campo de lucha de todos contra todos. Por lo cual el mercado globalizado no es un espacio de libertad e independencia para los ciudadanos sino de total dependencia de un nuevo soberano, los mercados, una nueva aristocracia, los directivos de las grandes empresas y de los servicios financieros, a cuyo servicio parecen estar los políticos. Situación que nos retrotrae a finales del Siglo XVIII. Pues el poder de los mercados no nos libera, sino que constituye una auténtica tiranía que esclaviza a los ciudadanos.
Los gobiernos han considerado la soberanía popular como una democracia exclusivamente representativa, obviando la necesaria democracia participativa que debe complementarla, gestionada por unos políticos, que son vistos por los ciudadanos más preocupados por mantener su estatus personal y de sus partidos que de defender los interese de los ciudadanos a los que dicen representar, pero que en realidad parecen estar al servicio de los mercados financieros.
Tenemos una clase política, tal vez de pensamiento débil y de escaso esfuerzo intelectual. Dicen sentirse preocupados por el desafecto de los ciudadanos hacia la política y los políticos, el euroescepticismo, el auge y el peligro de los populismos, pero parece que no se preguntan por cuál es la causa de ese desafecto y que no se dan cuenta de que el problema son ellos mismos, pues han degradado la acción política banalizando el discurso político al reducirlo a simples eslóganes vacios de contenido, a reproducir titulares de prensa , y han convertido el debate parlamentario a una mesa de pimpón, donde sólo se lanzan reproches los unos a los otros para descalificar y desacreditar al adversario, pero no centran su debate en aquello que realmente preocupa a los ciudadanos, o en buscar consensos para solucionar conjuntamente los graves problemas que les afectan. Por eso los ciudadanos no se sienten representados por la clase política. Quieren que los políticos hagan política en beneficio de los ciudadanos.
Esa es la causa del desafecto. Por eso los ciudadanos no se sienten representados por la clase política, rechazan la democracia representativa y exigen una democracia participativa, quieren participar activamente en la toma de decisiones políticas. Es aquí donde el PSOE debe comprometerse a fondo con los ciudadanos si quiere retomar la iniciativa política y recuperar la credibilidad. Por eso el PSOE tiene que abrir el debate a los ciudadanos, analizar sus problemas, escuchar sus propuestas e incorporarlas a su programa. Ese debate podría organizase en torno a las ideas fuerza del documento de la Conferencia Política y de los artículos de la Constitución en los que se definen las funciones del Estado y los derechos y deberes de los ciudadanos.
Es necesario que sean los ciudadanos quienes decidan a quién corresponde organizar el modelo económico que quieren, al Estado o a los mercados, pues a ellos y sólo ellos, los dueños de la soberanía popular, a quienes corresponde decidir libremente qué modelo de Estado prefieren. Un gobierno fuerte con capacidad de actuación directa en la organización de un modelo económico redistributivo, con una fuerte inversión para promover el empleo y el consumo para activar la economía, o un modelo que recorta gastos e inversiones y pretende fundamentar la salida de la crisis ampliando los beneficios de las empresa a base de bajar impuestos a los ricos, rebajando los sueldos y suprimiendo los derechos de los trabajadores.
Creemos que es necesario recuperar la regulación de los mercados y el papel de los Estados para reparar los daños producidos por las políticas ultraliberales que, en las últimas décadas, se han impuesto en Europa y a nivel mundial de la mano de los mercados y de la globalización, y apoyados tanto por la derecha como por la izquierda. Por eso los españoles no confían en el PSOE, porque ha hecho políticas similares a las que está haciendo el PP, y aceptan resignadamente la situación, “esto es lo que hay” dicen con resignación, porque se les ha hecho creer que no hay alternativa y, por tanto es necesario que el PSOE presente una alternativa que resulte creíble para todos los ciudadanos.
El neoliberalismo es una ideología y hay que combatirlo desde la ideología. Por eso es importante que el debate político se plantee en el terreno de las ideas, y que los grupos políticos presenten claramente a los ciudadanos cuál es su opción ideológica y su modelo de Estado y de sociedad, pues el modelo político y económico del neoliberalismo hay que combatirlo con un modelo de izquierdas basado en la solidaridad y en el respeto de los derechos y libertades de todos los ciudadanos, y hay que defenderlo con energía y sin complejos.
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