Es un hecho incontestable que
Pablo Iglesias, con su comparecencia, rodeado de su guardia pretoriana, para
anunciar un pacto de legislatura con el PSOE, ha conseguido agitar aún más las
ya bastante revueltas aguas de la política española. La pregunta es: ¿Qué ha
pretendido conseguir con esa histriónica aparición?
Yo, como militante de base del PSOE, igual
que la mayoría de los militantes de base del Partido, soy partidario de ese pacto y apoyo sin
condiciones que Pedro Sánchez lo negocie, pues
estoy convencido de que solamente un gobierno formado por fuerzas progresistas
puede curar las heridas y borrar las secuelas que las políticas de austeridad y
recortes del PP han dejado en la sociedad española. Sin embargo, aunque
considero que ese pato es necesario, tengo mis recelos sobre las verdaderas
intenciones de esa propuesta, sobre todo por la forma como se ha presentado y
por las condiciones que se han impuesto.
Primero las formas, la actitud despectiva
de Pablo Iglesias hacia Pedro Sánchez y exigirle que se lo agradezca, como si
el beneficiado de ese posible acuerdo fuera Pedro y no la sociedad española, y
que contribuir a configurar un gobierno de izquierdas, que tenga como objetivo
mejorar las condiciones de vida de los españoles, no lo considerase un deber
sino como un don gratuito que le ofrece a Pedro Sánchez. Esas formas son
inaceptables, y si esas son las nuevas maneras de hacer política y de abordar
los problemas que preocupan a los ciudadanos no se puede esperar mucho de esa
oferta, ni de la nueva política, pues produce la sensación de que ofrece poca credibilidad y sobre todo
poca confianza.
Segundo porque, si realmente está dispuesto
a participar en un gobierno de progreso, se lo debía haber comunicado primero
directamente al interesado y no haber aprovechado su paso por La Zarzuela para escenificar la
oferta. Hay demasiado teatro y poca seriedad en esas nuevas formas de hacer
política. Y tercero porque lo primero que han puesto sobre la mesa de
negociación han sido los sillones en los que se quieren sentar. ¿Dónde está el
cambio que prometían, si lo primero que hacen es pedir sillones sin haber hecho
antes ni una sola propuesta para debatir sobre lo que realmente preocupa a los
ciudadanos? Contrástense y debátanse primero los programas, elabórese un plan
de gobierno y luego se ponen de acuerdo sobre el reparto de responsabilidades. Podemos
no ha hecho propuestas, se ha limitado a imponer condiciones. No es la mejor
forma de plantear el inicio de una negociación.
Existe una percepción generalizada de que
lo que realmente ha pretendido Pablo Iglesias ha sido tender una encerrona al
PSOE, y sobre todo a Pedro Sánchez ante su supuesta debilidad dentro del
Partido a causa de la actitud de algunos barones y gerifaltes. Si lo que
pretende con esa estrategia es terminar
de hundir al PSOE y así conquistar el Cielo, puede que lo consiga, pero también
pudiera equivocarse. Los ciudadanos quieren un pacto para que cuanto antes se
empiece a trabajar para solucionar sus problemas, sobre todo el paro y las
secuelas de pobreza y miseria que ha
dejado tras sí. Los ciudadanos piden que se terminen los viejos hábitos de la
política española, basada en la confrontación permanente, quieren y esperan que
se negocie y se pacte, y que se recupere cuanto antes todo lo que se ha perdido
durante los cuatro años de gobierno del PP.
Hay demasiado teatro en las
actuaciones de de los líderes de Podemos, y pudiera ser que Pablo Iglesias
terminara convirtiéndose en el Beppe Grillo español, y Podemos en la CUP de la
política española, pero Pedro Sánchez no se va convertir en el Artur Mas de
dicha política. Pablo Iglesias ha criticado la vieja política, y con razón,
pero la suya, la de machacar al adversario político como única forma de conseguir el
poder, de conquistar el cielo, y el poder por el poder, es maquiavelismo puro y
duro, poco original y no representa nada
nuevo. Los ciudadanos no están pidiendo Príncipes que gobiernen a su antojo, para
eso ya tenemos los mercados, sino
políticos, que sin ocultar sus ideas y sus intenciones, luchen por destronar a
esos nuevos Príncipes del neoliberalismo capitalista, y para liberar a los
ciudadanos de la nueva servidumbre a la
que han sido sometidos por las inicuas leyes de la globalización y de los
emperadores de los mercados. Hay que
desmontar el entramado ideológico del paradigma neoliberal y construir, desde
la izquierda, un nuevo discurso que demuestre que si hay alternativa al modelo
de política económica neoliberal, pero hay que hacerlo desde el respeto mutuo y
la lealtad.
Pedro Sánchez encajó con gallardía lo que
se puede considerar juego sucio y un golpe bajo por parte de Pablo Iglesias en
el cuadrilátero de la vieja política, y a pesar de la sorpresa, por lo
inesperado del golpe, respondió ofreciendo una serie de propuestas sobre las
que debería centrarse el inicio de las negociaciones, no por el reparto de
sillones. Háganse propuestas, no se impongan condiciones antes de empezar por
ninguna de las dos partes. Eso es lo normal y lo que quieren y esperan los
ciudadanos.
Tampoco sería lógico que el PSOE, como
consecuencia de esa actitud prepotente, tal vez insolente e incluso humillante
por parte de Pablo Iglesias, se oponga a una negociación transparente, con luz
y taquígrafos, donde de verdad, sin teatro, se aborden los temas que realmente
preocupan a los ciudadanos. El PSOE, por cuestiones de forma, no puede dar la
baza a Podemos para que Pablo Iglesias pueda decir: “veis, ya lo decía yo, el PSOE nunca ha querido pactar
con notros”. El PSOE debe negociar hasta el límite, sin condiciones previas, y si Podemos plantea
exigencias o pone condiciones que hagan imposible el pacto, que sean ellos
quienes expliquen claramente a sus votantes qué es lo que quieren hacer con
España. Es la hora de la verdad, el teatro ha terminado. El PSOE no puede asumir
el coste político de que por cuestiones de forma haya que ir a nuevas
elecciones o facilitar que siga
gobernando el PP. Es verdad que hay en el PSOE barones y gerifaltes que, desde sus
convicciones socialliberales, se muestran contrarios no ya al pacto, sino a la
mera negociación. Demonizan las ideas. Pero
han sido ellos, quienes con sus planteamientos ideológicos, han conducido a que
el PSOE haya perdido el apoyo de los ciudadanos, y en estos momentos estarían
mejor callados. Por eso desde las bases debemos decirles basta, que dejen de
enredar con el gran pacto que daría tranquilidad a los mercados pero se
continuaría dejando en la cuneta a millones de desempleados.
Es el bien de España y de los españoles lo
que está en juego en esas posibles
negociaciones, cuyo primer objetivo debe ser conseguir la unidad de la izquierda
para la elaboración de un proyecto de cambio que habría que defender en Europa,
y que coloque como centro de la política económica el interés y el bienestar de
los ciudadanos, y no la defensa de los intereses del capitalismo. Hay que
legislar para garantizar el bienestar de los ciudadanos no los intereses del gran
capital. Y en segundo lugar hay que desmontar la idea de que no hay alternativa
al neoliberalismo económico y de que cualquier iniciativa contraria al modelo neoliberal
es populismo irresponsable o radicalismo que pondría en riesgo el bienestar y
la seguridad de los ciudadanos. Sin embargo, no hay mayor radicalismo que dejar
en la miseria económica y la exclusión social a millones de personas, que no
tienen o no tendrán nunca la posibilidad
de acceder a un puesto de trabajo digno y bien remunerado, y no lo tendrán
porque esa es la consecuencia inmediata e ineludible del modelo económico
neoliberal reinante.
Hay que demostrar que el modelo neoliberal de
los recortes y la austeridad no es una exigencia económica sino la expresión
teórica y práctica de una ideología. Y es esa ideología la que hay que combatir
desde el campo de las ideas. Es sobre esos aspectos ideológicos fundamentales
en los que se debe centrar la negociación que haga posible un acuerdo y un
pacto. Hay que ser radicales y no tener complejos a la hora de defender los
derechos fundamentales de los ciudadanos, y la única forma de garantizar esos
derechos es realizar políticas redistributivas, que son las únicas que pueden
garantizarlos. Lo contrario sí que es populismo y radicalismo antisocial. Y es
esa necesidad de combatir los fundamentos ideológicos, en los que se basa el
modelo neoliberal, lo que obliga al entendimiento de ambos partidos. Lo
contrario sería traicionar las expectativas y la esperanza de cambio de
los ciudadanos.
Nadie entendería que por cuestiones
exclusivamente personales o partidista hubiera que repetir las elecciones
porque alguien piense que, en una hipotética repetición, saldría beneficiado. O
lo que aún sería peor, que se provoque la caída den Pedro Sánchez, y que
aparezca algún salvador o salvadora, partidarios del gran pacto, y que sacaran
a Rajoy o al PP de la tumba, cual otro Lázaro, que todo podría ocurrir. Con lo
cual se cumpliría la profecía de Pablo Iglesias de que el PSOE prefiere pactar
con el PP antes que con ellos. Si eso ocurriera
no dejaría de ser una gran irresponsabilidad de la que alguien tendría que
responder. Porque quienes seguirían pagando la consecuencias serían los
ciudadanos. ¿Alguien está dispuesto a asumir esa responsabilidad?